miércoles, 26 de mayo de 2010

Familias se convierten en investigadoras de feminicidios: mamá de Rubí




“En el caso de mi hija hemos tenido buenos resultados porque yo dejé de vivir para dedicarme a esto; dejé de trabajar para investigar, dejé todo para lograrlo con toda mi voluntad, con todo mi interés y gracias a personas que fueron más allá de su trabajo”.

A un día de acudir a la audiencia donde dictarán sentencia al asesino de su hija Rubí Marisol Frayre Escobedo, Marisela Escobedo Ortiz manifestó lo anterior y exigió a las autoridades que apliquen, ahora sí, la pena máxima, para que sea un castigo ejemplar, porque ni las mujeres de Chihuahua ni las de otro lugar del mundo merecen morir así, con violencia.
Advierte que los feminicidios son una situación aparte de la ola de violencia que viven el estado de Chihuahua y el país; “es algo mucho más grave porque somos familias; en mi caso soy padre y madre que he sacado adelante con decoro a mis hijos. No tenemos nada que ver con el crimen organizado”.
Ella, Marisela, es testigo de la ausencia de investigación en homicidios de mujeres, y por lo tanto es difícil establecer una estadística real de feminicidios y asesinatos de féminas por otras causas. “No hay investigación real de cada caso”.

Desde el 2008, Marisela Escobedo enfrenta un calvario, cuando su hija se ausentó y el esposo de Rubí, Sergio Barraza Bocanegra, inventó que se había ido con otra pareja. Debido a las contradicciones entre el cónyuge de su hija Rubí Marisol y de la mamá de Sergio, Marisela comenzó la indagatoria.

Marisela se capacitó en rastreo, viajó a Aguascalientes en busca de su hija porque le aseguraron que allá estaba; investigó, volanteó en diferentes calles y colonias de Ciudad Juárez. Acompañada de sus hijos, dio con el paradero del cuerpo de Rubí.

Fue precisamente por la presión de la familia y por la respuesta de testigos, entre ellos un amigo de Sergio Barraza, que éste confesó su crimen ante el agente del Ministerio Público, Raúl Mora Moreno.
Aquella confesión la hizo Sergio Barraza cuando se le investigó por sustracción y detención de la menor hija de Rubí, por lo que entró al expediente como parte de la investigación y no como confesión expresa ante el juzgado, del ahora imputado. La custodia provisional de la pequeña la tiene ahora Marisela, su abuela. Todavía se desconocía del homicidio de Rubí.

Sin embargo, cuando Sergio Barraza declaró su crimen, dio detalles de la ubicación del cuerpo de Rubí, ya que no lo habían encontrado porque pasaron cinco meses para dar con él. Ni los perros entrenados para rastreo lo encontraron porque la mitad estaba calcinada y la otra fue devorada por los perros callejeros. Rubí fue abandonada en un “trochil para puercos”.

El imputado les dio detalles de la ubicación del cuerpo, como una torre eléctrica, les dijo que era un lugar para puercos, entre otras señales físicas, lo cual está documentado en el expediente, así como periciales sicológicas y otras evidencias presentadas ante el juez de garantía y posteriormente ante el Tribunal de Juicio Oral.

Desde marchas para exigir la pena máxima, hasta convertirse en defensora legal adjunta, Marisela luchó para conseguir la pena máxima, pero en su lugar, absolvieron a Sergio Barraza, recuerda en entrevista para Omnia Marisela Escobedo.
El amor, la entrega, el coraje, la indignación y la frustración se extendieron a la sociedad no sólo juarense, sino chihuahuenses y mexicana, al grado de levantar un reclamo social unánime para exigir la condena de Sergio Barraza.
Una vez que los magistrados del Nuevo Sistema de Justicia Penal revocaron la sentencia de Sergio Barraza, se ordenó de nuevo su aprehensión, pero hasta ahora, un día antes de la audiencia en la que debería escuchar la nueva sentencia, se encuentra fugitivo.

Con ese panorama, con ese doloroso camino transitado, Marisela Escobedo le recuerda a las autoridades que está pendiente la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la cual ordenó a Chihuahua y a México crear un grupo especializado en feminicidios, lo cual es un ordenamiento de ley que no se ha cumplido y que tendrán que dar cuenta de ello el año próximo.

“Yo pido la pena máxima, que sea un castigo ejemplar, porque esto no puede seguir sucediendo. Nadie tiene derecho a matar a nuestras hijas, nadie tiene derecho a destrozar familias”.

Y es que no basta con la pena y la incertidumbre de vivir con una hija desaparecida, no basta con la impotencia y la frustración de vivir con la sombra de una hija asesinada de manera violencia. En diferentes escenarios y momentos, las madres que comparten esa situación han manifestado el crecimiento de esos sentimientos, cuando se enfrentan a la indolencia, a la falta de voluntad y falta de capacidad de las autoridades. Ellas se han convertido en verdaderas abogadas, a pesar de la estigmatización de que son víctimas.

POR: PATRCIA MAYORGA OMnia.com.mx

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